miércoles, 9 de enero de 2008

Para cuando me vaya

Julio 11, 2005.

Para cuando me vaya

Cuando me vaya quisiera hacerlo por la puerta grande, a mediodía y con el sol brillando esplendorosamente a mitad del firmamento. No quisiera irme de noche o que hubiera nubes opacando el horizonte, porque cobarde como soy, tendría miedo de no mirar donde piso y antes de empezar seguramente dimitiría en mi andar.

Además sería mucho más difícil para todos los que quisieran hacerlo, moverse hasta donde sea necesario para acompañarme en el viaje final.

Quisiera que la muerte no dilate mucho, tampoco que llegara tan temprano, mas bien quisiera que llegara en el momento preciso, ni antes, ni después. Y quisiera que antes de llegar vacíe su cántaro de lágrimas en el río de la amargura para que no las traiga consigo como siempre sucede.

Quisiera que fuera ella quien cerrara mis ojos y colocara una sonrisa en mis labios. Que me dé el tiempo suficiente apenas para volar sobre mi lecho mortuorio, presenciar la escena y susurrar al oído de todos los que he querido, las palabras de amor y cariño que hasta entonces no haya sabido decir.

Y quisiera que ellos me escucharan desde donde nunca habían podido hacerlo: Desde el fondo del corazón.

Es más, hasta me gustaría morir de él –del corazón quiero decir- De haber amado tanto que en un momento este no resista mas, se inflame y reviente como un globo lleno de gas, que salpique en su explosión lo mucho o poco bueno que pudiera tener dentro y que concluya todo en un eterno segundo.

Quisiera que no me dejen llevar conmigo las miles y miles de palabras vanas y vacías que he mal-dicho, mal-cantado o mal-escrito, porque si lo hago, estas pesarán tanto en la conciencia que no podré llegar a donde me mande el destino y ese si que sería el mayor de los fracasos.

Sé bien que nadie guarda en su recuerdo un par de aquellas palabras, lo acepto y no lo juzgo, cada uno tiene la cabeza repleta de sus propios problemas y no queda un hueco vacío para las locuras de otro. Pero si no lo habían hecho antes, habrá llegado la hora ya de que para hacerme menos penoso el camino, se adueñen de un puñado y faciliten mi andar.

Quisiera que si alguien me recuerda después, no lo haga con rencor, odio o resentimiento. Que entiendan que solo he sido un ser humano con mas defectos que virtudes, que fui ciego y no pude ver cuanto bueno me ofrecían. Que no lo tomé, no por soberbia o porque no quisiera, sino porque siempre me incomodó mucho recibir.

Que comprendan que quise, pero no pude entenderlos porque mí limitada capacidad de discernimiento no dio para más, que no me juzguen por ello. Que no nací con la capacidad de abrazar con la calidez que tuvieron sus brazos cuando me confortaron, que hubiera querido hacerlo pero nunca aprendí.

Me gustaría que todos y cada uno se quedaran con un grato recuerdo mío, o si eso es demasiado pedir, desearía entonces que me dieran la mitad del recuerdo grato, que tomaran la otra mitad y la guardaran en un rinconcito de su corazón. Y que la complementáramos siempre que nos sintiéramos solos y tristes. Que entendiéramos entonces que no existe motivo para experimentar esa tristeza, y que nunca estaremos solos mientras vivamos uno en la memoria del otro.

Me gustaría llevar conmigo las rolas a las que nunca di vida, para reclamarle a quien corresponda que no me haya dado ese don durante mi estadía en este mundo. Me encantaría escribirlas allá y volver para cantarlas en una noche oscura, con una tremenda tormenta empapándome el aura, a campo y grito abierto, donde nadie las escuche, para que nadie las conozca y sigamos haciendo como que nunca las escribí.

Cantaría en ellas palabras poéticas, esas que no supe repetir mientras llorabas en mi hombro, aquellas que no pude emitir cuando lo hacía en el tuyo. Y tantas otras que se anudaron en mi garganta en tan diversas ocasiones, cuando precisaste escucharlas y yo no las encontré en mi haber.

Quisiera que cuando las escuches, sepas que aunque quería no las dije en su momento porque nunca fui un buen orador, un resanador de almas o alguien con el elocuente don de utilizar las palabras para apaciguar el espíritu ¡Y vaya si me hubiera gustado serlo todas esas veces cuando quise cobijarte con ellas y no lo hice, simplemente porque no sabía como!

Llegado el momento quisiera reclamarle al creador que no me haya dado la habilidad de Fernando en la guitarra, la inspiración de Filio o la voz de Oceransky. Que me haya creado tan imperfecto como soy y tan incapaz por consiguiente de conquistar tu amor como lo hicieron ellos y que hubiera permitido así que éste se volviera una obsesión en mi vida.

Para cuando me vaya, quisiera hacerlo acompañado por la música de Silvio. Ese cubano que robó mi corazón desde su “Canción del elegido” y hasta su “Quién fuera” o su “Óleo de mujer con sombrero” Trovador al que vi en persona una sola vez, pero que relató desde siempre pasajes de mi historia en su música. Poemas hechos canción que amé hasta llegar al plagio.

Ojalá para cuando me vaya haya vencido ya el miedo que me invade por dentro mientras escribo esto, miedo de que todo sea una premonición, un presentimiento de que el final del camino paso a paso se acerca. Aunque ahora que lo pienso, para todo ser vivo sucede precisa e inevitablemente así desde el mismo día del nacimiento a la vida.

Ojalá que llegado el momento tu recuerdo me tomara de la mano y caminara conmigo hasta donde le sea permitido. Que volviera después trayendo consigo algo de mí, que te lo entregue y cuando lo haga, sepas que he sido yo quien lo mandó de regreso.

Desearía que no entristecieras por ello, desearía que supieras entonces que no anduve solo el largo y sinuoso camino, que lo recorrimos juntos en una buena parte y que no me dejaste hasta que estuviste segura de que yo lo estaba.

Que fuiste allá, como lo fuiste aquí, la luz que guiaba mis pasos, la brújula que me indicaba el camino, mi trinchera de guerra, la fuente de mis deseos, el caparazón de mi desvalida vida.

Y si debiera andar el resto del camino solo, desearía ir siempre cuesta arriba, cargando un saco vacío de resentimientos, en el que pudiera guardar cada vez que a mi mente vinieran los recuerdos de alegrías vividas.

Quisiera poder no dormir para no soñar contigo, no despertar para no recordarte, no extrañarte para no sufrir tu insoportable ausencia.

Desearía volver de vez en cuando y hacerte el amor, besarte el cuello, erizar tu piel, arañar tu espalda, morder tus labios para acallar tus gritos. Hacerte mía mientras duermes para evitarte la tremenda impresión de ser poseída por un ser de otro mundo. Y que cuando despiertes, te sientas por no sé que razón, rendida, extasiada, complacida, completamente mujer.

Espero que para cuando me vaya, hayamos entendido que las disputas o diferencias que tuvimos, fungieron como una válvula de alivio mediante la cual desahogamos toda la presión acumulada durante nuestra cotidiana interacción. Y que esas situaciones no dejaron huella en nuestra relación que siempre fue de esencial comprensión, tolerancia y cedencia mutua.

Cuanto me gustaría que aunque busquemos en nuestra memoria registro de esos ratos difíciles, no encontremos uno solo, porque esto significaría que todo el espacio está ocupado por surcos sembrados de vivencias agradables. Esos recuerdos habrán de germinar, crecer y florecer, y serán nuestra fuente de energía en épocas de aflicción sentimental.

Para cuando me vaya desearía seguir caminando, seguir buscando y encontrar -si me es permitido- respuestas a las preguntas que siempre he tenido. ¿Qué hay mas allá? ¿Existe de verdad el más acá? Si, es claro que vivimos, pero ¿Para qué lo hacemos? ¿Es o no la vida justa? ¿A juicio de qué o quien lo es o no?

Es cierto que más de una vez he deseado morirme cuando por alguna razón he fallado, pero quisiera que entendieras que fue una actitud propia de mi condición humana y que nunca lo desee de corazón.

Hoy sé con pleno convencimiento que para cuando me vaya, quisiera que fuera en el momento preciso y por sobre todas las cosas, quisiera emprender el viaje antes de que lo hagas tu.

Ya ves, además de cobarde, egoísta como siempre he sido, me gustaría irme antes de que lo hagas tu, para sufrir desde allá lo que no soportaría sufrir aquí.

Porque si me fallas y te vas antes que yo...

Entonces me tocaría morir dos veces.

Luis Manuel Pérez García

Humedad Relativa

Con uno de tantos giros involuntarios que comúnmente hace todo ser humano durante una noche de sueño mi mano chocó contra una prominencia que tibia y tersamente se extendía a mi lado, extrañado y medio dormido volví a palpar, si, se trataba de un cuerpo de ¿Mujer? Por un momento dudé, “Es como el suyo” -pensé- Pero ¿Sería posible? Yo me había mudado muy lejos y ella se había quedado allá donde había estado siempre. En la semi inconciencia me incorporé y encendí la lámpara ¡Era cierto! La miré tendida sobre la cama tal y como Dios la había tirado al mundo, me froté los ojos y volví a mirar, no cabía duda era ella de carne y hueso, angelical figura envuelta en tersa piel blanca, mi pupila recorrió cada centímetro de su cuerpo, era la misma con la que había coincidido alguna vez en el reino de Morfeo.

Me acerqué, besé su frente y al hacerlo noté que a pesar del frío invierno pequeñas gotas la perlaban, saboreé cada una, apenas terminé con mis labios le cerré los ojos, mi aliento recorrió su rostro, ella se dejó querer halagada sin duda por el cariño que se me derramaba, al no encontrar reclamo en contra me animé a seguir, también cerré los ojos e invidentemente con mis labios reconocí la geografía de su rostro, sobre su superficie me deslicé de arriba abajo, solo me detuve al encontrar sus labios, los besé tan tiernamente como pude pero sucumbí ante mi intrínseca cachondez que convirtió mi lengua en espada y agredió la suya, esta respondió y se entrelazaron comenzando un audaz cortejo, la mutua succión me incitó a viajar muy lejos, volé sobre las nubes, bajé al centro de la tierra y de ahí al infinito. Mil sensaciones más tarde me aparté de su boca para buscar con ansia el perfume que albergaba su cuello, mientras imaginaba mil cosas lo besé en derredor cuidando de no dejar huella delatora, mordí el lóbulo de su oreja, a su oído recité todo mi repertorio, por momentos ambos nos estremecimos, ella con mi aliento y yo con sus espasmos.

Para entonces contra mi pecho se habían apretado un par de erectas protuberancias que ahora con urgencia reclamaban mi atención, no demoré más, atrapé una entre los dientes, suavemente la mordí como una cereza, un dulce dolor le erizó la piel, abrí mi boca y con pasión succioné, un grito de gozo llegó hasta mi oído como invitación a seguir. De un capullo salté al otro y le di el mismo tratamiento, igualmente me agradeció, posé mis manos sobre cada uno y con mucho tacto los acaricié ¡Sigue, por favor no te detengas! –me gritó- Así lo hice, continué y un segundo después comencé a bajar centímetro a centímetro, reconociendo, acariciando, saboreando, pronto encontré la infaltable huella que hacía 25 años le había dejado el cordón vida, mi lengua comenzó a recorrer el borde, di una vuelta, una más y luego otra y otra y así hasta quedar atrapado en un vórtice cuya fuerza centrifuga me arrastró hasta su centro, instintivamente succioné hasta arrancarle un gemido que me sonó a declaración de guerra, acepté el reto y me dirigí a su bajo vientre, un oscuro bosque obstruyó mi camino, no lo evité, lentamente fui abriendo brecha a su través, con mis labios halé su arbóreo plantío, no se si de placer pero volvió a gemir, repetí la acción, una, dos, diez, muchas veces, la excitación ascendía como lava desde el centro de la tierra, sucesivos movimientos telúricos la sacudían, el volcán amenazaba con la erupción.

Ambos deseábamos lo que seguía pero con el afán de incrementar la expectación obligué a mi boca a volar hasta aterrizar sobre su pie, comencé a humedecer sus dedos, el más grande primero, luego dos a la vez, tres, todos juntos, incapaz de resistir lo alejó de mí, yo lo busqué de nuevo y no muy lejos lo encontré, lo entibié con mi aliento, besé el tobillo y succionando suavemente fui marcando un camino ascendente como indicando la ruta que conducía al fruto prohibido. Para entonces ambos nos sacudíamos arrítmicamente víctimas de caóticos espasmos. No detuve mi febril andanza hasta llegar a la convergencia de sus piernas donde aguardaba para mí la versión terrenal del paraíso. Ella también me deseaba así que no opuso resistencia, más agradecida que otra cosa apartó un poco invitándome a probar, saboreé como quien comulga todo cuanto había, el solo contacto le transmitió una descarga eléctrica, con gritos profanó el silencio de la noche. Preso de pasión me hundí, probé la gloria, ella continuó gritando y al borde de la locura haló mi cabeza, me sentí ahogado pero no quise parar “sigue, no te detengas” -me exigía-, “sigo ni loco me detengo” –pensé- El mortal duelo pareció prolongarse indefinidamente, el tiempo se volvió adimensional, intrascendente, el corazón parecía galoparle por dentro reclamando salir, aceleró su ritmo, su boca gritaba, a ratos gemía, los ojos se le pintaron de blanco, sus manos rasgaban, luego sanaban mis heridas, cual tijeras abriendo y cerrando con sus piernas podó mis pudores, se extendió al máximo, luego colapsó, jaló mi cabello, con las uñas desgarró mi espalda, “me voy, me voy” -gritó convertida en eruptivo volcán-

Y si, no se a donde pero se fue, solo su cuerpo quedó tendido a mi lado como desmayado, tal vez muerto. Yo también me morí, me fui al cielo y ahí quedé hasta que la radio del despertador me trajo de vuelta una eternidad después. A ciegas guié mis labios hasta donde supuse habría de encontrar los suyos, quise besarlos, pero una sensación de fría sequedad me hizo abrir los ojos, extrañado giré la cabeza y miré el espejo de cuerpo completo que se erigía burlón a mi lado mientras me devolvía una graciosa imagen, era yo, solo con mi cara triste abrazando la almohada, a mi derecha la lámpara estaba tirada sobre el buró, giré hasta quedar boca arriba, un rectángulo de tirol blanco recargado sobre cuatro paredes se extendió gradualmente sobre mí, mientras me desaturdía escuché un promocional que cantando decía: “Motor city weather” Anunciaron menos 3 grados centígrados y 76% de humedad relativa.

La realidad cayó como un mazo sobre mi cabeza, en un segundo la película de mi vida actual se proyectó en mi mente: Vivía desde hacía algunos meses como un triste inmigrante que caminaba sobre una tierra que ni era la que repetía los pasos de mi amada ni la que me había visto nacer, vivía –por así decirlo- sobre una tierra que esperaba no sería la que me viera morir, había venido impulsado por el desempleo en busca del sueño americano y poco tiempo después comenzaba a sospechar que había dejado todo a cambio de nada. Desilusionado me incorporé y me asomé por la ventana, la lluvia diluía gota tras gota la nieve acumulada durante la velada anterior, supuse que el cielo estaría llorando también mi desgracia, incapaz de entender bien a bien que había pasado una frase sin sentido me vino a la mente:

“Hoy amaneció lloviendo y yo con la ropa mojada”.


Luis Manuel Pérez García