Con uno de tantos giros involuntarios que comúnmente hace todo ser humano durante una noche de sueño mi mano chocó contra una prominencia que tibia y tersamente se extendía a mi lado, extrañado y medio dormido volví a palpar, si, se trataba de un cuerpo de ¿Mujer? Por un momento dudé, “Es como el suyo” -pensé- Pero ¿Sería posible? Yo me había mudado muy lejos y ella se había quedado allá donde había estado siempre. En la semi inconciencia me incorporé y encendí la lámpara ¡Era cierto! La miré tendida sobre la cama tal y como Dios la había tirado al mundo, me froté los ojos y volví a mirar, no cabía duda era ella de carne y hueso, angelical figura envuelta en tersa piel blanca, mi pupila recorrió cada centímetro de su cuerpo, era la misma con la que había coincidido alguna vez en el reino de Morfeo.
Me acerqué, besé su frente y al hacerlo noté que a pesar del frío invierno pequeñas gotas la perlaban, saboreé cada una, apenas terminé con mis labios le cerré los ojos, mi aliento recorrió su rostro, ella se dejó querer halagada sin duda por el cariño que se me derramaba, al no encontrar reclamo en contra me animé a seguir, también cerré los ojos e invidentemente con mis labios reconocí la geografía de su rostro, sobre su superficie me deslicé de arriba abajo, solo me detuve al encontrar sus labios, los besé tan tiernamente como pude pero sucumbí ante mi intrínseca cachondez que convirtió mi lengua en espada y agredió la suya, esta respondió y se entrelazaron comenzando un audaz cortejo, la mutua succión me incitó a viajar muy lejos, volé sobre las nubes, bajé al centro de la tierra y de ahí al infinito. Mil sensaciones más tarde me aparté de su boca para buscar con ansia el perfume que albergaba su cuello, mientras imaginaba mil cosas lo besé en derredor cuidando de no dejar huella delatora, mordí el lóbulo de su oreja, a su oído recité todo mi repertorio, por momentos ambos nos estremecimos, ella con mi aliento y yo con sus espasmos.
Para entonces contra mi pecho se habían apretado un par de erectas protuberancias que ahora con urgencia reclamaban mi atención, no demoré más, atrapé una entre los dientes, suavemente la mordí como una cereza, un dulce dolor le erizó la piel, abrí mi boca y con pasión succioné, un grito de gozo llegó hasta mi oído como invitación a seguir. De un capullo salté al otro y le di el mismo tratamiento, igualmente me agradeció, posé mis manos sobre cada uno y con mucho tacto los acaricié ¡Sigue, por favor no te detengas! –me gritó- Así lo hice, continué y un segundo después comencé a bajar centímetro a centímetro, reconociendo, acariciando, saboreando, pronto encontré la infaltable huella que hacía 25 años le había dejado el cordón vida, mi lengua comenzó a recorrer el borde, di una vuelta, una más y luego otra y otra y así hasta quedar atrapado en un vórtice cuya fuerza centrifuga me arrastró hasta su centro, instintivamente succioné hasta arrancarle un gemido que me sonó a declaración de guerra, acepté el reto y me dirigí a su bajo vientre, un oscuro bosque obstruyó mi camino, no lo evité, lentamente fui abriendo brecha a su través, con mis labios halé su arbóreo plantío, no se si de placer pero volvió a gemir, repetí la acción, una, dos, diez, muchas veces, la excitación ascendía como lava desde el centro de la tierra, sucesivos movimientos telúricos la sacudían, el volcán amenazaba con la erupción.
Ambos deseábamos lo que seguía pero con el afán de incrementar la expectación obligué a mi boca a volar hasta aterrizar sobre su pie, comencé a humedecer sus dedos, el más grande primero, luego dos a la vez, tres, todos juntos, incapaz de resistir lo alejó de mí, yo lo busqué de nuevo y no muy lejos lo encontré, lo entibié con mi aliento, besé el tobillo y succionando suavemente fui marcando un camino ascendente como indicando la ruta que conducía al fruto prohibido. Para entonces ambos nos sacudíamos arrítmicamente víctimas de caóticos espasmos. No detuve mi febril andanza hasta llegar a la convergencia de sus piernas donde aguardaba para mí la versión terrenal del paraíso. Ella también me deseaba así que no opuso resistencia, más agradecida que otra cosa apartó un poco invitándome a probar, saboreé como quien comulga todo cuanto había, el solo contacto le transmitió una descarga eléctrica, con gritos profanó el silencio de la noche. Preso de pasión me hundí, probé la gloria, ella continuó gritando y al borde de la locura haló mi cabeza, me sentí ahogado pero no quise parar “sigue, no te detengas” -me exigía-, “sigo ni loco me detengo” –pensé- El mortal duelo pareció prolongarse indefinidamente, el tiempo se volvió adimensional, intrascendente, el corazón parecía galoparle por dentro reclamando salir, aceleró su ritmo, su boca gritaba, a ratos gemía, los ojos se le pintaron de blanco, sus manos rasgaban, luego sanaban mis heridas, cual tijeras abriendo y cerrando con sus piernas podó mis pudores, se extendió al máximo, luego colapsó, jaló mi cabello, con las uñas desgarró mi espalda, “me voy, me voy” -gritó convertida en eruptivo volcán-
Y si, no se a donde pero se fue, solo su cuerpo quedó tendido a mi lado como desmayado, tal vez muerto. Yo también me morí, me fui al cielo y ahí quedé hasta que la radio del despertador me trajo de vuelta una eternidad después. A ciegas guié mis labios hasta donde supuse habría de encontrar los suyos, quise besarlos, pero una sensación de fría sequedad me hizo abrir los ojos, extrañado giré la cabeza y miré el espejo de cuerpo completo que se erigía burlón a mi lado mientras me devolvía una graciosa imagen, era yo, solo con mi cara triste abrazando la almohada, a mi derecha la lámpara estaba tirada sobre el buró, giré hasta quedar boca arriba, un rectángulo de tirol blanco recargado sobre cuatro paredes se extendió gradualmente sobre mí, mientras me desaturdía escuché un promocional que cantando decía: “Motor city weather” Anunciaron menos 3 grados centígrados y 76% de humedad relativa.
La realidad cayó como un mazo sobre mi cabeza, en un segundo la película de mi vida actual se proyectó en mi mente: Vivía desde hacía algunos meses como un triste inmigrante que caminaba sobre una tierra que ni era la que repetía los pasos de mi amada ni la que me había visto nacer, vivía –por así decirlo- sobre una tierra que esperaba no sería la que me viera morir, había venido impulsado por el desempleo en busca del sueño americano y poco tiempo después comenzaba a sospechar que había dejado todo a cambio de nada. Desilusionado me incorporé y me asomé por la ventana, la lluvia diluía gota tras gota la nieve acumulada durante la velada anterior, supuse que el cielo estaría llorando también mi desgracia, incapaz de entender bien a bien que había pasado una frase sin sentido me vino a la mente:
“Hoy amaneció lloviendo y yo con la ropa mojada”.
Luis Manuel Pérez García
Me acerqué, besé su frente y al hacerlo noté que a pesar del frío invierno pequeñas gotas la perlaban, saboreé cada una, apenas terminé con mis labios le cerré los ojos, mi aliento recorrió su rostro, ella se dejó querer halagada sin duda por el cariño que se me derramaba, al no encontrar reclamo en contra me animé a seguir, también cerré los ojos e invidentemente con mis labios reconocí la geografía de su rostro, sobre su superficie me deslicé de arriba abajo, solo me detuve al encontrar sus labios, los besé tan tiernamente como pude pero sucumbí ante mi intrínseca cachondez que convirtió mi lengua en espada y agredió la suya, esta respondió y se entrelazaron comenzando un audaz cortejo, la mutua succión me incitó a viajar muy lejos, volé sobre las nubes, bajé al centro de la tierra y de ahí al infinito. Mil sensaciones más tarde me aparté de su boca para buscar con ansia el perfume que albergaba su cuello, mientras imaginaba mil cosas lo besé en derredor cuidando de no dejar huella delatora, mordí el lóbulo de su oreja, a su oído recité todo mi repertorio, por momentos ambos nos estremecimos, ella con mi aliento y yo con sus espasmos.
Para entonces contra mi pecho se habían apretado un par de erectas protuberancias que ahora con urgencia reclamaban mi atención, no demoré más, atrapé una entre los dientes, suavemente la mordí como una cereza, un dulce dolor le erizó la piel, abrí mi boca y con pasión succioné, un grito de gozo llegó hasta mi oído como invitación a seguir. De un capullo salté al otro y le di el mismo tratamiento, igualmente me agradeció, posé mis manos sobre cada uno y con mucho tacto los acaricié ¡Sigue, por favor no te detengas! –me gritó- Así lo hice, continué y un segundo después comencé a bajar centímetro a centímetro, reconociendo, acariciando, saboreando, pronto encontré la infaltable huella que hacía 25 años le había dejado el cordón vida, mi lengua comenzó a recorrer el borde, di una vuelta, una más y luego otra y otra y así hasta quedar atrapado en un vórtice cuya fuerza centrifuga me arrastró hasta su centro, instintivamente succioné hasta arrancarle un gemido que me sonó a declaración de guerra, acepté el reto y me dirigí a su bajo vientre, un oscuro bosque obstruyó mi camino, no lo evité, lentamente fui abriendo brecha a su través, con mis labios halé su arbóreo plantío, no se si de placer pero volvió a gemir, repetí la acción, una, dos, diez, muchas veces, la excitación ascendía como lava desde el centro de la tierra, sucesivos movimientos telúricos la sacudían, el volcán amenazaba con la erupción.
Ambos deseábamos lo que seguía pero con el afán de incrementar la expectación obligué a mi boca a volar hasta aterrizar sobre su pie, comencé a humedecer sus dedos, el más grande primero, luego dos a la vez, tres, todos juntos, incapaz de resistir lo alejó de mí, yo lo busqué de nuevo y no muy lejos lo encontré, lo entibié con mi aliento, besé el tobillo y succionando suavemente fui marcando un camino ascendente como indicando la ruta que conducía al fruto prohibido. Para entonces ambos nos sacudíamos arrítmicamente víctimas de caóticos espasmos. No detuve mi febril andanza hasta llegar a la convergencia de sus piernas donde aguardaba para mí la versión terrenal del paraíso. Ella también me deseaba así que no opuso resistencia, más agradecida que otra cosa apartó un poco invitándome a probar, saboreé como quien comulga todo cuanto había, el solo contacto le transmitió una descarga eléctrica, con gritos profanó el silencio de la noche. Preso de pasión me hundí, probé la gloria, ella continuó gritando y al borde de la locura haló mi cabeza, me sentí ahogado pero no quise parar “sigue, no te detengas” -me exigía-, “sigo ni loco me detengo” –pensé- El mortal duelo pareció prolongarse indefinidamente, el tiempo se volvió adimensional, intrascendente, el corazón parecía galoparle por dentro reclamando salir, aceleró su ritmo, su boca gritaba, a ratos gemía, los ojos se le pintaron de blanco, sus manos rasgaban, luego sanaban mis heridas, cual tijeras abriendo y cerrando con sus piernas podó mis pudores, se extendió al máximo, luego colapsó, jaló mi cabello, con las uñas desgarró mi espalda, “me voy, me voy” -gritó convertida en eruptivo volcán-
Y si, no se a donde pero se fue, solo su cuerpo quedó tendido a mi lado como desmayado, tal vez muerto. Yo también me morí, me fui al cielo y ahí quedé hasta que la radio del despertador me trajo de vuelta una eternidad después. A ciegas guié mis labios hasta donde supuse habría de encontrar los suyos, quise besarlos, pero una sensación de fría sequedad me hizo abrir los ojos, extrañado giré la cabeza y miré el espejo de cuerpo completo que se erigía burlón a mi lado mientras me devolvía una graciosa imagen, era yo, solo con mi cara triste abrazando la almohada, a mi derecha la lámpara estaba tirada sobre el buró, giré hasta quedar boca arriba, un rectángulo de tirol blanco recargado sobre cuatro paredes se extendió gradualmente sobre mí, mientras me desaturdía escuché un promocional que cantando decía: “Motor city weather” Anunciaron menos 3 grados centígrados y 76% de humedad relativa.
La realidad cayó como un mazo sobre mi cabeza, en un segundo la película de mi vida actual se proyectó en mi mente: Vivía desde hacía algunos meses como un triste inmigrante que caminaba sobre una tierra que ni era la que repetía los pasos de mi amada ni la que me había visto nacer, vivía –por así decirlo- sobre una tierra que esperaba no sería la que me viera morir, había venido impulsado por el desempleo en busca del sueño americano y poco tiempo después comenzaba a sospechar que había dejado todo a cambio de nada. Desilusionado me incorporé y me asomé por la ventana, la lluvia diluía gota tras gota la nieve acumulada durante la velada anterior, supuse que el cielo estaría llorando también mi desgracia, incapaz de entender bien a bien que había pasado una frase sin sentido me vino a la mente:
“Hoy amaneció lloviendo y yo con la ropa mojada”.
Luis Manuel Pérez García
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